Esa voz interna que a veces no sé si es trauma o es Dios.

Actualizado: 8 jun
Después de un tiempo estudiando y trabajando dentro de todo tipo de proyectos, me doy cuenta de que la búsqueda de la belleza poco tiene que ver con un proyecto final. Es tan sencillo como entender que lo verdaderamente interesante siempre es el camino y no el destino. Tal vez esto tenga más que ver con mi forma de ser que con lo que es o no es. Siempre he disfrutado más la carretera que el hotel y, en general, los finales de las cosas nunca los he tomado bien. Nunca me ha gustado consolidar, acabar o entender que las cosas son finitas y apilables. Disfruto más empezar que culminar.
He tratado de explicar esto que voy a contarles de diferentes formas y, por más cursi que pueda leerse, es una verdad: cada vez que dejo esta tarea para después, esa cosquilla de contarles ¿a quienes? realmente no lo sé. Esta sensacion de platicar regresa a mí de distintas maneras.
—Deberías contarles —me dice esa voz interna que a veces no sé si es trauma o es Dios.
Y, a resumidas cuentas, fue en el camino de la búsqueda de la belleza donde no solo me encontré con ella, sino que también me fui encontrando a mí misma. Mientras descubría quién era yo, también iba descubriendo de qué se trataba esto de la belleza. Intentando alcanzar aquel destello luminoso, un espejismo provocado por millones de cosas convergiendo de manera totalmente irracional, entendí que este es un camino infinito que nos toca recorrer a unos cuantos. Tal vez para ayudar a otros a ver con más claridad.
Entiendo que la tarea de quienes compartimos esta misión consiste en facilitar que otras personas, transitando caminos distintos, puedan integrar aquello que encuentran a su paso. La belleza, algo que aparece de maneras y proporciones diferentes entre objetos y sintonías; pedazos de un rompecabezas que solo puede recogerse desde la experiencia de habitar un cuerpo humano. Comida para nuestros sentidos que, por alguna razón verdaderamente mágica, transgrede la mayoría de las veces el tejido orgánico para volverse energía y convertirse en memoria.
Hoy lo entiendo como una misión venusina que me toca comprender para después compartir. Traducir todo esto que he aprendido quizá no tenga que ver con sentirse poseedora de una verdad absoluta. Después de varios años pensándolo, logro entenderlo como algo que debe entregarse antes de morir.
No tengo datos precisos, pero así es como lo recuerdo: cuando Bruno Dario empezó a escribir después de la primera de sus cirugías, lo entendí como una forma de entregarnos algo que necesitaba contarnos. Algo que ya no podía comunicar musicalmente, pero que aun así necesitaba expresar. Y así se sentía lo que escribía, como si toda esa magia suya se hubiera sintetizado y comprimido de tal manera que era posible sentir que aquello era lo más puro de él. Una especie de puré concentrado de todo lo que tenía que decirnos sobre cómo concebía el mundo.
Entiendo que cuando uno tiene a la muerte en la mira, las cosas que realmente importan adquieren su verdadero peso. En mi camino hacia la belleza he visto a la mayoría entrar en distintos aprendizajes. Pienso mucho en cómo se desdobla la vida. Hasta ahora, entendernos entretejidos, caminando con el mismo sonido del reloj de fondo, me parece tierno y brutalmente interesante. He aprendido mucho más de la vida observándonos que leyendo cualquier cosa.
El tiempo nos da el espacio perfecto para vivir y sufrir. Y antes que verlo como un ladrón, lo entiendo como un maestro que recompensa el esfuerzo y la paciencia; que nos enseña a soltar y que, si estamos lo suficientemente presentes, nos premia con instantes de belleza que trataremos de replicar por el resto de nuestras vidas.
Mucho de lo que hoy apreciamos como belleza tiene que ver con la obra de personas que lo único que han querido es replicar, de la manera más sincera posible, un fragmento de presente que quedó impreso en su sistema nervioso y que desean comunicar con la mayor fidelidad posible. Y no me refiero a una técnica, porque muchas de estas obras son tan ambiguas como aquello que intentan recrear.
Yo he sentido a la belleza visitarme, y podría decir que tengo una relación estrecha con intentar atraparla, imitarla y dejarla ir. Creo que jamás he sido lo suficientemente necia o lo suficientemente generosa para querer compartirlo.
Y ya no puedo más.
No hay mucha lógica detrás, solo una necesidad imperiosa de vaciarme lo suficiente para seguir llenándome. Decidí que iba a empezar tan rápido y tan literalmente como pudiera. Escribir es algo que disfruto, pero también es lo más próximo que tengo a la mano. No es una estrategia; es tan sencillo como rascarse la pierna después de caminar entre pastos altos. Otro experimento más que solo el tiempo decidirá cómo envejece y, tal vez, el torpe inicio de otras preguntas, de más expansión mental y de nuevas formas de mirar.
En la búsqueda de la belleza lo encontré todo y, por primera vez, quiero compartirlo con ustedes.

Comentarios