Ante el espejismo solo tendremos la curiosidad de su existencia.

Me desperté movida por una discusión tonta del día de ayer. Me gusta discutir. Pero siempre que se discute con motivos ocultos de cualquiera de los dos lados es triste al final. Si la discusión no termina en asombro o risas, la discusión es una pérdida de tiempo. La otra opción que nos queda es terminar ganando o perdiendo. Y, aun así, dentro de ganar o perder hay dos opciones más: la de ganar o perder con honor y gloria. O solo condenar al otro a tu pobre necedad. Salir pensando que el otro es un pendejo y, a pesar de haber sido embestido con datos reales, haber apelado a la mentira, los chantajes o el espejismo que crea un diálogo de sordos.
La verdad, o el ejercicio de ver la verdad en una conversación, es legendario y es parte fundamental de existir. Es parte de ser humano y, en lo personal, me fascina. No solo por ganar, pero es, si quieres, un juego, en donde me parece que si eres lo suficientemente flexible mentalmente, puedes defender lo indefendible, encauzar respuestas o humillar en sitio. Cuando pienso en esto pienso en un amigo en específico. Noches de vino y velas en donde perfectamente entendía que Emiliano estaba solo molestando a todos, no porque creyera con un énfasis asfixiante en lo que decía, sino porque muy en el fondo disfrutaba mantener la conversación a flote, aunque él tuviera que contradecir a todos para hacerlos desvariar. “Las mujeres no tienen valor”, “La política no existe”, “Yo soy mejor que todos”. Todos terminaban atados emocionalmente al tema en discusión y lo que en realidad hacía era provocar. Provocar más horas, más risas, más gritos, más noche. Se imaginarán las reacciones. No voy a negar que a veces era completamente ridículo, pero me parecía eternamente divertido.
Entiendo que no me cuesta trabajo abordar temas difíciles, o dudar de mi postura en sitio, no me da miedo estar mal o redireccionar. ¿Cuál es mi discurso? ¿Qué es lo que quiero defender? Si cuando me cuestiono y descubro que lo que estoy defendiendo son mis emociones, entiendo que de cualquier manera voy a perder o simplemente voy a salir dolida. Las emociones son incuestionables e indefendibles. Cuestionarlas en una discusión es abrumador y específicamente doloroso. El espacio de discusión es justo un espacio en donde no van las emociones. Las discusiones son cosa del intelecto. Le pertenece a la jaula del lenguaje. En esta jaula hay una gravedad específica, hay una línea del tiempo y, en la mayoría de las veces, hay cosas correctas e incorrectas. Cuando me doy cuenta de que se me cuelan las emociones, es como una falta. Tarjeta roja. Es todavía peor cuando la falta es del otro porque, si lo mencionas, ya caíste en el famoso ad hominem. Las cosas que sentimos son mucho más complejas que dicha jaula. Es injusto para el corazón ser cuestionado.
Cada vez discuto menos. Me da una sensación de flojera que me supera. ¿Para qué quiero discutir? Rara vez uno cambia su forma de ser en una discusión. Quien logra transformarse bajo la vista del otro, a pesar de ser uno de los procesos más hermosos que vayas a acontecer, es algo que no pasa muy seguido. Eso no significa que no lo extrañe. Y lo extraño y, al mismo tiempo, ya no lo persigo más.
Evidentemente la tecnología y la edad hicieron de las suyas. La nueva idea de respetar al otro. Lo que es correcto o no decir. Tal vez por eso disfrutamos tanto hablar con un robot. Porque rara vez entra en una discusión erística con nosotros. No siente la necesidad de proteger un ego. No necesita tener razón. Puede decir "podría ser", "depende", "también existe esta otra posibilidad". Incluso cuando se equivoca, la sensación que deja es la de alguien dispuesto a revisar su postura. Y entonces me pregunto si lo que realmente nos gusta no es que la inteligencia artificial sea inteligente, sino lo cortés que es. Nos responde con una paciencia que hace mucho dejamos de encontrar en otros humanos. Nunca parece ofendida y nunca parece querer humillarnos. Siempre dice gracias y por favor. Como si la conversación todavía fuera un lugar seguro para nuestro ego, y como premio, con un tono servil.
Más que tener alguien a quien preguntar, lo que nos gusta es no ser contrariados. Y me pongo a pensar si lo que en realidad necesitamos es que alguien nos dé la razón y nos pueda hacer sentir que somos dignos de ser respetados. Que tal vez necesito servidumbre. Que en realidad soy lo suficientemente respetable como para tener este trato. Convivir con el otro en estos tiempos es saber que el otro es inamovible, que tal vez está en mi contra, que su verdad es igual de importante que la mía y que, si me equivoco, puede que termine esta discusión en alguna funa y millones de cuentas anónimas me quiten mi libertad digital. “¿Sabes qué? Prefiero no discutir”. Prefiero sentirme avergonzado en la comodidad de mi hogar y buscar con toda tranquilidad cuál es la capital de zimbabue o quien es ese Peter Thiel del que hablan.
Hace poco, mientras scrolleaba como normalmente, en Tumblr me encontré un fragmento de discusión. Un screenshot de algún chat en donde dos personas exponían que el precio que se paga por hacerte maestro es vivir y sentir lo que es ser un principiante. Y ciertamente lo conecté con dos cosas. Mis primeros meses en el gimnasio. Lo más abrumador no es el ejercicio como tal, sino tu mente avergonzada. Sudar, equivocarte, no entender y no saber. Esta misma situación se puede reconocer dentro del trabajo, la escuela; ser un adolescente es, literal, ser un principiante en la vida, y qué miserable fue la mayoría del tiempo. El dolor de ser principiante. El cual se padece y se sufre. Depende de tu personalidad lo tanto que puedas sufrir o no este padecimiento. Hasta hace poco siempre pensé que esto era parte de crecer, parte de integrarte, parte de aprender.
Creo que hemos llegado a un punto en la evolución humana en donde queremos eliminar este proceso por completo. Lo veo con el GLP-1, lo veo con el boom de las cirugías, lo veo en todos los diferentes desarrollos de la IA. Y entendí que en realidad lo que estamos conquistando con esto es una especie de maestría sin pagar el precio del principiante. Un camino hacia un espacio de cero fricción. No estoy contradicho, no necesito a nadie. No quiero la vergüenza, pero sí la cara perfecta, el cuerpo esbelto, el conocimiento de años en un clic.
¿A dónde quiero llegar con esto? ¿Qué sentimiento detonó querer entrar a la caja del lenguaje y poder escribir esto que estoy escribiendo? Esto es parte de las cosas que llevo pensando toda la semana y ayer, mientras tenía esta discusión en donde sentía que lo único que necesitaba mi contrincante era desacreditar un gusto personal, me inundaba una tristeza extraña en donde, por más que intentaba redirigir la plática hacia la curiosidad, me sentía hablando con una pared.
No tener acceso a la curiosidad del otro es tal vez de las cosas más tristes que me pasan hoy en día. Saber que su necedad, sus datos vacíos y sus ganas de no ceder a ver que lo que decía no tenía fundamentos eran el eje de la conversación. A pesar del amor que me tiene, a pesar de un día hermoso.
Y mientras pensaba en eso me acordé de algo que leí hace poco. Existe una diferencia muy vieja entre dos formas de discutir. La dialéctica y la erística. La primera entiende la conversación como un lugar para acercarse a la verdad; la segunda, como un lugar para ganar. Parecen parecidas, pero son casi opuestas.
En una discusión dialéctica uno está dispuesto a abandonar una idea si aparece una mejor. Hay algo profundamente humilde en eso. Uno presta las palabras para que la verdad pase por encima de uno, aunque eso implique quedar mal, admitir un error o descubrir que llevaba años equivocado.
La erística, en cambio, no tiene ningún interés por la verdad. Lo único que intenta es conservar una posición. Ahí aparecen todas esas cosas que conocemos demasiado bien: responder preguntas que nadie hizo, cambiar el tema cuando un argumento empieza a derrumbarse, exagerar lo que dijo el otro para que sea más fácil atacarlo, defender una emoción disfrazándola de lógica. No importa si se gana con una mentira o con una trampa. Lo único importante es no perder. Y creo que esa diferencia es enorme porque muchas veces creemos que estamos teniendo una conversación, cuando en realidad estamos en un diálogo de sordos.
Y este es un sentimiento que tengo constantemente. Si pudiera hacer una campaña a favor de algo, y si pudiera defender algo por sobre otras cosas, sería a la curiosidad. Creo que estamos en un espacio lo suficientemente seguro para dejar de cobijarnos con miedo y entrar en un estado de total curiosidad. Por lo otro, por nosotros, por lo que se nos dice y, en especial, por lo que creemos que está mal. Estudiar sobre algo que nos parece espantoso es tan mágico como entender por qué algo nos da miedo; en la incomodidad hay mucho oro. Y cuando escribo esto me cuestiono, trato de entender la necesidad de este impulso. Lo más obvio es que deseo con todo mi corazón más gente curiosa a mi alrededor. Más espacio para la contrariedad. En general creo tener un grupo de personas a mi alrededor que, sobre todo, practican la curiosidad, o solo son cuerpecitos contradictorios.
Después de años en donde quisimos nombrar, delimitar y enfatizar los límites, me parece parte del péndulo que la herramienta más importante de hoy en día sea la contrariedad, la adaptabilidad y la curiosidad. La herramienta para entender lo que sucede mediáticamente, aquello dentro de la política nacional o internacional. Atenernos a que todos los días serán diferentes, la impermanencia, el caos. Porque, en especial, nadie tiene una verdad absoluta. No sabemos si son bots, o es una campaña pagada, o es la CIA, o es el trauma de alguien, o en realidad a veces no sabemos si llevamos ciegos años.
Siento, y más bien entiendo, después de pensarlo mucho, que en un estado de constantes flujos encontrados, claramente lo más inmediato es el miedo. Pero lo contrario del miedo no es la valentía. Uno necesita ser valiente y actuar con valentía para vencer al miedo, pero ¿para qué se usa esa energía de valentía? Pues para caminar al lado contrario del miedo, que yo creo es la eterna curiosidad. Aquello que nos hace movernos, investigar, conocer algo nuevo, o, al contrario, caminar al miedo con curiosidad: por qué me aflige, por qué me da miedo, por qué ni lo quiero pensar.. ¿Estoy bien o estoy mal? Es tal vez la pregunta incorrecta. ¿Por qué pienso esto? ¿Por qué creo esto? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién es él? ¿Esto es real? ¿Esto es mentira?
Y creo que ante el espejismo solo tendremos la curiosidad de su existencia.

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